Vi la carta de la Torre y algunos recuerdos vinieron a mí.
Muchas veces en el romance he sido víctima de mi propio optimismo. Así como Elizabeth Gilbert lo comparte en Comer, rezar, amar, yo también me he quedado más tiempo del necesario en relaciones que me consumían. Aunque no puedo decir que la culpa fuera solo del optimismo — gran parte fue la comodidad, el deseo de permanecer en un lugar conocido, sobre todo emocionalmente, con tal vehemencia que fui capaz de apagar mi intuición y enviar la información disponible a mi lado ciego.
Hubo una relación en la que me costó reconocer que no tenía futuro. Yo la maquillé con mi propia visión de que llegaríamos juntas a la vejez. Dejé pasar señales en el camino — comentarios que ella decía en broma sobre mí — porque yo creía que otras partes de la relación los compensaban.
La separación no fue mi elección. Al final, ella me sacó.
Después de terminar, seguimos en contacto brevemente. Pensé que sería posible una amistad. Hasta que me enteré de que contaba a terceras personas cosas que yo le había confiado en la intimidad de la pareja. Recuerdo haber pensado, casi de inmediato: si no puedo confiar en alguien para una amistad, ¿qué sentido tiene mantenerla? Le dije que se olvidara de mí, que no tenía interés en nada con ella.
Lo bueno de la vida, o de mi guía interior, o de mi deseo más profundo de bienestar, es que he sabido sacarme de los lugares que ya no me corresponden — a empellones, en este caso. Nada amable, pero efectivo. Después de todo, cada una elige cómo sale de donde no cabe, aunque la salida misma no haya sido elegida. Yo elegí qué hacer con lo que quedó: el dolor, el duelo, y finalmente la gratitud de verme ya puesta de mi propio lado.
La vida te susurra, luego te habla, luego te grita, y después te manda un rayo. Ahí no hay vuelta atrás. Pero en ese rayo hay un regalo: el de la consciencia, si se quiere aceptar. Si no, podemos pasarnos años en el victimismo, preguntándonos por qué a nosotras. Aunque el cambio se sienta incómodo, también es un espacio de oportunidad y de nuevos potenciales.
Lo que vino después no fue una recuperación rápida. Me costó mucho — no tanto la ruptura, sino haberme sentido traicionada. Me costó energía, tiempo, y con ayuda finalmente conseguí equilibrarme. Aprendí que si no escucho a mi intuición, si no veo las señales, y más aún, si no soy capaz de tomar elecciones incómodas, el costo en mí será algo que no quiero volver a pagar.
Más de ti




