Me encontraba en el pasillo que daba a los baños en una tienda departamental cuando pasó un pequeño de no más de cinco años brincando al lado de su mamá, cuando de repente se escuchó su vocecita alegre: ¡Voy a hacer popóoo! ¡Voy a hacer popóoo! — seguido de un SHHHHH seguramente muy avergonzado.
Quienes lo escuchamos sonreímos, y ese momento me hizo preguntarme en qué momento perdemos nuestra naturalidad, nuestra espontaneidad, pero sobre todo la capacidad de maravillarnos con las cosas pequeñas de la vida.
Nos compramos ideas sobre lo que es el éxito, y todo eso nubla nuestra capacidad de observar las maravillosas experiencias que transitamos a diario — desde todas y cada una de las funciones fisiológicas de nuestros hermosos cuerpos, que solo cuando fallan nos damos cuenta de lo valioso que son, hasta la manera en que el universo nos sostiene: una sonrisa de un extraño, un gesto de amabilidad, la puesta de sol, el viento fresco en el rostro. Podríamos enumerar tantas cosas que por distraídas pasamos por alto.
¿Qué tan grandiosas, según tus expectativas, tienen que ser tus experiencias para que las notes? Yo he estado ahí, con falta de gratitud, con una actitud triste ante la vida que además volvió mi actitud algo tirana con las experiencias, incluso con algunas personas, que llegaron a sentir que por más que hacían y deshacían no me daban lo que yo quería. Y esa misma exigencia también la volteé hacia mí — sintiendo que ningún logro era suficiente.
¿Cómo sería si hoy te propones ver con otra mirada todo lo que está dentro y rodea tu existencia? Incluyendo las pequeñas cosas de la cotidianidad que, si miras bien, quizás puedan sorprenderte y sacarte una sonrisa.
Quizás la clave no sea aprender a maravillarse — quizás solo sea recordar que alguna vez fuimos ese niño en el pasillo.
Más de ti.



