“No tengo talento, pero tengo mucha curiosidad”. Esta fue mi confesión a mi maestra, la pintora lagunera Laura Salcido, cuando empecé en sus clases. Yo buscaba una validación, una forma de decir: “no esperes grandes cosas de mí”.
Lo que recibí a cambio fue una lección que cambió mi forma de trabajar y de vivir: el talento puede ser un gran regalo, pero la constancia y la práctica pueden sustituirlo.
La trampa de la facilidad
El talento es una fortuna, sí. El problema ocurre cuando nos volvemos dependientes de él; cuando confiamos tanto en lo que “nos sale fácil” que dejamos de cultivar nuestra habilidad a través del compromiso con la tarea. El talento natural nos da un punto de partida, pero la curiosidad y el compromiso con el proceso son los que nos dan la verdadera fuerza.
Mientras que confiar únicamente en el talento nos mantiene encadenados a la expectativa de ser “buenos” desde el inicio —paralizándonos ante la mínima dificultad—, el compromiso con la práctica es lo que nos otorga poder. Es ese acto de sentarte frente al lienzo, día tras día, sin esperar a que la inspiración llegue sola, sino trabajando para que el resultado emerja de tu dedicación. La curiosidad te permite preguntar, explorar y fallar; el compromiso es lo que te mantiene en el camino cuando el talento inicial ya no es suficiente.
Del juicio al juego
Por mucho tiempo, yo misma caí en esta trampa. Mi motivación dependía exclusivamente del juicio: si el resultado me gustaba, avanzaba; si no, me costaba muchísimo terminar una pieza. Si lo que pintaba no correspondía a lo que yo creía “correcto”, me bloqueaba. En el fondo, estaba juzgando mi obra bajo la expectativa del talento, en lugar de abrazar el poder del compromiso y la práctica.
Hoy en día, después de muchos procesos personales, estoy retomando esa parte creativa de mí. Estoy permitiéndole a mi niña interior volver a jugar. Estoy iniciando con algo de sketching —esos bocetos rápidos y espontáneos, sin la presión del detalle final— y me estoy divirtiendo. Creo que, por primera vez, me estoy permitiendo continuar más allá del juicio de lo correcto o equivocado, explorando posibilidades y dibujando solo por diversión. Lo que hago para salir de juicio es imaginar que no soy yo quien lo hace sino esa niña pequeña que alguna vez fui que está explorando y experimentando con líneas y a la que le espacio de garabatear porque eso la hace feliz.
Tu propio lienzo
He aprendido que el lienzo de nuestra vida no requiere que nazcamos con todas las respuestas; requiere que nos comprometamos con el proceso de aprenderlas, estar dispuestos a probar, jugar, “equivocarnos” y seguir adelante en nuestro objetivo.
Y tú, ¿qué estás dejando de intentar hoy porque confiaste demasiado en que el talento sería suficiente, o porque sientes que “no tienes el don”? ¿Qué pasaría si hoy soltaras la carga de tener que ser perfecta y abrazaras la fuerza de tu curiosidad?



