Hace tres o cuatro años, en las primeras semanas del año, comenzó a aparecer una energía que me acompaña durante los doce meses que siguen. La primera vez fue una pregunta: ¿qué tomaría verlo todo otra vez como la primera vez? Ese año estuvo lleno de asombro. Este año, esa energía llegó con una frase: nada está escrito en piedra.
Solemos aceptar la realidad tal como la vemos, filtrada por todo lo que alguna vez aprendimos de ella. Y esa realidad rara vez es generosa. Cada vez que me estrello con algo de ese mundo conocido, aparece una voz interior que me recuerda que todo se está moviendo ahora mismo, aunque no lo veamos.
Hace dos años compré un toronjo y lo puse en una maceta en mi cochera — mi jardín ya no tiene espacio para otro árbol y no quise ponerlo en la banqueta. El primer año dio dos frutos. El año pasado, cinco: grandes, dulces y jugosos, sorprendentes para un árbol de ese tamaño. Este año, quizás por un clima que no se decidía entre primavera e invierno, floreció muy pronto y en febrero perdió todas sus flores.
La semana pasada lo miré y me pregunté si el árbol estaba condenado a esperar un año entero para intentarlo de nuevo.
Hoy mi hija me mandó una foto: botones nuevos, puntas brotando. Y me dije: –Nada está escrito en piedra.
Meses antes, yo ya lo había vivido de otra manera.
Uno de esos lugares donde sentí que me estrellaba con la realidad fue cuando mi hija menor se lesionó la rodilla en un torneo de tae kwon do. El primer médico que la vio, un especialista de renombre, al ver los estudios nos habló de cirugía. Me quedé en shock — por muy inocuo que te lo cuenten, una cirugía siempre conlleva riesgos. Buscamos segunda, tercera y cuarta opinión. La realidad estaba ahí y la veía cada día: mi hija caminando con dolor.
No tenía todos los recursos ni todas las respuestas, pero sabía que había más de lo que veía. Como mamá sanadora, y porque ella me lo pidió, le hice algunas sesiones energéticas.
El miedo a que no recuperara el movimiento completo de la articulación era una punzada constante.
Luego de meses de idas y vueltas y más exámenes, el ligamento estaba bien. Había indicios físicos de la lesión, pero había sanado. El tratamiento fueron diez sesiones de terapia física. Ahora ella está saludable.
Nada está escrito en piedra.
¿Cuántas cosas damos por imposibles solo porque hasta ahora no han sido? A veces basta con dar un paso más para que la vida nos sorprenda. Como quizás este año lo haga el toronjo de mi cochera.
Más de ti.

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