La vida no es como esperamos, pero siempre puede ser mejor. Es lo que suelo decirme, aunque llegar ahí no fue fácil, menos con una necesidad de controlarlo todo como la que he tenido.
Conforme he aprendido a soltar la frustración, y en ocasiones la desesperación cuando el camino se tuerce, la experiencia suele transformarse en algo que tampoco esperaba, pero que abre posibilidades que antes no podía ver.
Me ayudó mucho encontrar esta historia en El juego de la vida y cómo jugarlo de Florence Scovel Shinn. Ella cuenta que un metafísico amigo suyo le compartió su máxima de la no resistencia con estas palabras: Antes yo bautizaba niños y les ponía diferentes nombres, pero ya no. Ahora bautizo eventos. Y a todos les doy el mismo nombre. Si tengo un fracaso, lo bautizo como éxito.
Yo bautizo este fracaso con el nombre de ÉXITO.
Cuando hacemos esto, cambiamos la manera de relacionarnos con lo que no salió como esperábamos. Y al no cerrarlo con la etiqueta de fracaso, nos permitimos ver algo más en esa experiencia.
Me recuerda la historia de un hombre que, al no saber escribir, no pudo quedarse con el trabajo heredado de portero en un prostíbulo. Así que se convirtió en comerciante y uno acaudalado. Cuando alguien supo que no era letrado y viendo lo que había logrado, sorprendido le preguntó: ¿a dónde hubieras llegado si supieras escribir? Él contestó: a portero de un burdel.
No siempre las cosas se muestran como las imaginamos. Lo cual, es afortunado. Porque es justo ahí donde algo más grandioso tiene espacio para aparecer. Siempre y cuando estemos dispuestos a reconocerlo.
Antes de reaccionar y tirar la experiencia no deseada a la basura, vale la pena respirar y preguntarse: ¿qué es lo bueno de esto que no estoy viendo? ¿Cuál es el regalo aquí?
¿Lo habías pensado?
Más de ti,

Foto de Jan Tinneberg en Unsplash


