Se cuenta que una vez, un hombre llegó a consulta con Milton Erickson, el padre de la hipnosis moderna. Erickson, quien vivió gran parte de su vida en silla de ruedas debido a las secuelas de la polio, escuchaba a su paciente desgranar un rosario de quejas: que su mujer lo trataba con desdén, que sus hijos no lo respetaban y que la vida era una cadena de injusticias.
El hombre buscaba validación a su queja constante. Pero Erickson, con esa mirada que lograba ver la estructura oculta detrás de la queja, lo interrumpió con una petición desconcertante: —Quítese un zapato —le indicó—. Ahora, tome mi silla de ruedas y pase una de las ruedas sobre su pie.
El hombre, confundido pero obediente, lo hizo. En cuanto el metal presionó su piel y las señales de incomodidad se hicieron evidentes, Erickson le preguntó con una calma absoluta: —¿Le duele? —¡Por supuesto que me duele! —exclamó el hombre, con el rostro contraído por la punzada.
Erickson lo miró fijo, y soltó la sentencia: —Entonces, deje de hacerlo.
¿Cuántas veces estamos bajo nuestra propia rueda?
¿Cuántas veces inmersos en los desafíos de la vida hemos sido exactamente como este hombre en la consulta de Erickson? Con frecuencia, nos perdemos en un laberinto de quejas, señalando hacia afuera como si los demás tuvieran el control remoto de nuestras emociones o de nuestra paz. Vivimos convencidos de que son las circunstancias, la pareja, los hijos o el entorno quienes “nos pisan el pie”, sin notar que somos nosotros mismos quienes nos hemos colocado bajo la rueda.
Creemos que somos víctimas de nuestras desgracias, cuando en realidad somos tan poderosos que estamos creando nuestra realidad, momento a momento, a través de nuestras elecciones. Cada vez que elegimos quedarnos en una relación que nos agota, en un trabajo que nos anula o en una narrativa donde somos los perjudicados, estamos accionando la palanca que hace girar esa rueda sobre nuestro propio pie.
El triángulo de la parálisis
¿Por qué nos cuesta tanto mover el pie de la rueda, incluso cuando el dolor es evidente? A menudo, nos quedamos atrapados en esa silla porque el sistema tiene sus propios mecanismos de defensa:
- La trampa de la normalización: Muchas veces, ni siquiera registramos que algo no funciona. Minimizamos el impacto, nos decimos que “no es para tanto”, que “yo puedo con más” o que “ya pasará”. Al anestesiar nuestro malestar, nos volvemos expertos en vivir en la incomodidad, hasta que el dolor se vuelve parte del mobiliario.
- El miedo al vacío de lo incierto: Preferimos la seguridad de lo conocido, aunque nos hiera, antes que la posibilidad de algo mejor. El miedo a perder lo poco (o mucho) que tenemos es un ancla pesada que nos convence de que cambiar es un riesgo que no podemos permitirnos.
- La ceguera ante el “cómo”: A veces la voluntad existe, pero falta el mapa. No tenemos idea de cómo salir de la silla, cómo dejar de alimentar la dinámica o cómo soltar la rueda. Y ante la falta de una hoja de ruta, decidimos quedarnos quietos, asumiendo que el dolor es nuestro destino inevitable.
La pregunta: tu herramienta de libertad
Si reconocer que estamos pisando nuestro propio pie es el despertar, la pregunta es el vehículo que nos saca de la silla.
Muchas veces, cuando estamos atrapados, intentamos buscar la “respuesta correcta”. Pero la respuesta nos limita, nos cierra en una sola opción. La pregunta, en cambio, es un acto que abre posibilidades que ni siquiera sabíamos que existían. Como menciono en mi guía La Magia de la Pregunta (que regalo a quienes se suman a mi comunidad), una buena pregunta no busca una conclusión, busca espacio.
Cuando sientas que el peso de la rueda es insoportable, intenta cambiar tu narrativa mental por estas cuatro llaves de consciencia:
- ¿Qué es lo que realmente funciona para mí? (Deja de preguntar qué es lo “correcto” para los demás).
- ¿Qué más es posible aquí que no he considerado? (Esta rompe el techo de tus limitaciones actuales).
- ¿Qué otras posibilidades más grandiosas están disponibles ahora mismo para mí que no estoy reconociendo? (Te obliga a mirar hacia el horizonte, no al suelo).
- ¿Qué se requiere aquí de mí para que esto cambie? (Te devuelve el papel protagonista en tu propia transformación).
Es hora de soltar la rueda
Recuerda esto siempre: la rueda no se mueve sola. Milton Erickson no le quitó el pie al hombre; él solo le mostró al hombre que era él mismo quien mantenía la presión.
Dejar de hacerlo no es un evento mágico que ocurre cuando las estrellas se alinean. Es una decisión consciente, y una invitación constante a cuestionar todo lo que das por sentado. La silla en la que te has sentado —esa que te limita, que te juzga o que te hace sentir pequeña— solo tiene el poder que tú le otorgas al no elegir otra cosa.
¿Qué sería posible si hoy, por fin, decidieras soltar esa rueda?
Si estás lista para dejar de pisarte y empezar a preguntar qué más es posible en tu vida, te invito a suscribirte a mi lista de correos. Ahí comparto semanalmente herramientas de consciencia y el acceso a mi guía “La Magia de la Pregunta”, para que nunca te falte una llave cuando sientas que te has quedado atrapada en una silla que ya no te queda.
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Al final del día, tu vida es tuya. ¿Cuánto más de ti estás dispuesta a recibir cuando te atrevas a dejar de hacerlo?
Más de Ti.




