¿Estás manejando hacia el destino de alguien más?

¿Alguna vez has sentido que vas a toda velocidad, sorteando curvas y obstáculos con maestría, solo para darte cuenta de que el destino al que te diriges ni siquiera te gusta? Es una trampa sutil: nos subimos al coche, tomamos el volante con fuerza y nos convencemos de que estamos ganando la carrera, sin notar que el GPS lo programó alguien más.

A propósito del regreso de Checo Pérez a la F1, me puse a pensar en una regla de oro que separa a los campeones de los que terminan contra el muro: buscar el ápex. En el automovilismo, si quieres salir bien de una curva, no puedes mirar el volante ni el cofre del coche. Tienes que clavar la mirada en el punto de salida, fuera de la curva misma.

Es casi contraintuitivo: para no salirte del camino, tu visión tiene que estar ya en el lugar donde quieres estar en el futuro inmediato.

Y aunque confieso que lo más cerca que he estado de un coche de carreras es el asiento del copiloto (y quizás con un poco más de velocidad de la permitida), esto de la “mirada fija” lo conozco de primera mano por otros rumbos:

  • En la danza: Si alguna vez has intentado girar sobre tu propio eje, sabrás que el secreto no está en las piernas, sino en la cabeza. La bailarina elige un punto fijo y, mientras el cuerpo gira, la mirada se queda ahí hasta el último milisegundo, para luego regresar disparada a ese mismo lugar. Sin ese punto, el mareo gana y terminas en cualquier lugar, menos en el escenario.
  • En la equitación: Los jinetes lo saben bien. El caballo siente hacia dónde apunta tu intención. Si miras al suelo, probablemente termines ahí. Si miras hacia el horizonte por donde quieres que el animal avance, él simplemente te sigue.

Cuando manejamos el coche de alguien más

Lo cierto es que, a veces, nos distraemos tanto que terminamos mirando el ápex de otra persona. Yo misma llegué a “comprarme” metas ajenas y a seguirlas con toda mi energía, aun cuando no era el camino que me llevaba a las mías propias. Es increíblemente fácil caer ahí, ya sea por desconocimiento o por esa bendita costumbre de poner la felicidad de los demás antes que la propia. En mi afán por apoyar, terminé conduciendo hacia un destino que ni siquiera me pertenecía, simplemente porque no me había detenido a definir qué es lo que realmente llena de gozo mis días. Si no sabes a dónde quieres llegar tú, terminas siendo la copiloto del viaje de alguien más.

El GPS de los “No Negociables”

Por eso, mirar el ápex no es solo un ejercicio de visualización romántica; es una decisión técnica. Implica tener claro lo que requieres hacer —y sobre todo, lo que tienes que dejar de hacer— para no terminar fuera de tu propia pista.

No es fácil mantener la vista en la meta cuando el caos llega o cuando las cosas no salen como esperabas. Ahí es donde entran tus no negociables.

Estos pilares son los que te mantienen en el camino. Sin importar qué esté sucediendo a tu alrededor, saber qué es aquello que debes defender y mantener en tu vida es lo que garantiza que, tarde o temprano, llegarás a tu destino. Cuando no tienes claro qué es aquello que debes proteger, cualquier distracción te saca de la curva.

Tu experiencia es el respaldo

Y no importa si hoy no estás exactamente en donde quieres estar. Al final del día, la vida es un viaje, no una carrera de 100 metros. Lo que realmente importa es que te detengas un momento y te preguntes con honestidad: ¿A dónde quieres llegar tú? Hoy tienes algo muy valioso de tu lado que no tenías hace veinte años: tu experiencia de vida. ¿Qué tal si dejas de verla como una carga y la usas como el respaldo perfecto para ir, ahora sí, a donde realmente deseas estar? Ajustar la mirada para que apunte a nuestro propio ápex, rechazando los mapas que no nos quedan, es lo que hace que todo el trayecto valga el gozo.

Más de Ti,

¿Y si la vida pudiera ser más fácil?

Cada jueves comparto una reflexión para soltar equipaje y vivir con más consciencia.


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